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miércoles, 26 de enero de 2011

AMOR DE INVIERNO




Los pequeños vellos de la piel se erguían con facilidad.
Ráfagas de viento, exprimían la última gota
de humedad en mis labios. ¡Nunca había experimentado
tanto frió!.

Aquellas calles empedradas, sólo me recordaban a las
calles de Granada en mi amada Nicaragua. Al ver los edificios
medievales, las estatuas de tantos héroes religiosos y nacionales,
provocaban que mi imaginación volara. Era como estar dentro
de una película del siglo XVIII.

Fantaseaba con escenas románticas, donde el gran monarca
se enamoraba de la encantadora y frágil plebeya, hija de algún duque
que nunca reconoció su paternidad. La mestiza, con rasgos de hidalga,
se enamora del hombre montado a caballo.

Aquel hombre capaz de tomar con un sólo brazo a la doncella,
subirla en su corcel, pasear por los murallas de Brugge, bordeadas
por canales misteriosos y fundir bajo un mismo aliento
su deseo de amarse.

Pero también aquella mujer, ansiosa de esperarle y abrirle
lo más íntimo de su humanidad, como muestra
de su entrega y rendición; porque sabe que en sus brazos
ella estará a salvo.

Ahí estaba mi novela - pensé- pero ahora no hay jinetes en las calles
empedradas, ni hidalgos o plebeyos. Sólo hombres y mujeres caminando
por las aceras húmedas y quizás alguna mueca, intentando ser sonrisa.

No importa. Lo que interesa es lo que experimentan
mis sentidos en esta ciudad, y es que aflora
una sensación de anclarse en el tiempo y creer a ciegas
en lo inverosímil, lo irreal, lo increíble. Soñar que el amor
está a la vuelta de la esquina. En una mirada,
una sonrisa o en un gesto amable.

Es como vivir o buscar un amor de invierno.
donde ansias encontrar el calor de un cuerpo
a la media noche. Rico, sabroso, sin palabras,
sólo tacto, porque sabes que hay una sonrisa en el
rostro del otro, aunque no la veas por la oscuridad.

Sí, un amor de invierno,
que te permite desear con todas tus ganas
que el tiempo se congele
y no despertar a la realidad de una triste partida.

Ahora entiendo por qué Ruben Darío
escribía de los cisnes y de las gaviotas,
como símbolo de un sentimiento romántico,
y es que al ver esas maravillosas aves amarse
en medio de un gélido estanque de agua
te das cuenta que no hay sensación más
grande que el abrazar al otro cuando
llega el crudo invierno.

Si las paredes de esta ciudad hablaran,
tal vez confirmarían todos mis pensamientos,
porque para el amor no hay épocas, sólo
fuertes y grandes momentos, que seguro
se impregnaron en las calles de esta ciudad; ya que
no tengo otra explicación, al ver tanto
turista- como yo- caminando, tomados de las
manos.

La ciudad se presta para el romance,
se vuelve cómplice, de las locasy relevantes
aventuras de los enamorados. Muchos, a la media noche, se
esconden entre los callejones para darse un intenso beso
con manoseada y todo, pero es justo y creo que casi
obligatorio después de tanto frío.

Aunque los brujenses, por muy celosos
que sean de su patrimonio, no pueden
negar que ahora es el legado de la humanidad y
deben compartirlo con el mundo.

Por ello, habrá más historias de amor,
más doncellas en peligro y férreos
hidalgos que cabalguen para salvarlas. Pues quieran o no
las mujeres en el fondo, anhelamos ser rescatas de
nuestros propios demonios y vivir aunque sea
una vez en nuestras vidas un amor de invierno.

Brujas-Bélgica 26 de enero 2011.
10:20a.m. aunque afuera se siente como las 6:00a.m
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