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domingo, 27 de marzo de 2011

DE CÓMO VIVIMOS LA CULTURA DE CARNAVAL EN NICARAGUA

He tenido la fortuna de vivir y sentir grandes experiencias culturales, todo gracias a esta profesión llamada periodismo, pero no les hablaré de la satisfacción que me da ser comunicadora, sino de la extraordinaria forma en la que otras personas, con sus anhelos, miedos y esperanzas se entregan ante un único objetivo que es: Demostrar con pasión, lo que saben hacer mejor.

Por: Adelayde Rivas Sotelo

El día sábado 26 de marzo, bajo un sol incandescente ciento de jóvenes nicaragüenses, que desde hacía tres o cuatro meses, habían preparado sus coreografías, se encaminaban rumbo a la carretera a Masaya para salir a las cinco de la tarde y recorrer más de un kilómetro y medio hasta llegar a la tarima del jurado calificador del Carnaval de Nicaragua Alegría Por la Vida.



Este año el Carnaval celebraba diez años de existencia, y desde su fundación, los ballet de danza profesionales, las escuelas culturales de los departamentos, Instituciones, empresas privadas y toda la industria del entretenimiento se sumaron a la iniciativa que gestó Emperatriz Urroz, presidenta de la Fundación y reconocida diseñadora de modas del país.



Desde el año 2004 que coronaron a Cristiana Frixione, recuerdo que le sigo los pasos al carnaval y puedo decir que la grandeza de esta fiesta, es ver a una juventud vibrante que pareciera incluso no tener hueso entre el pecho y la cintura, cuando se mueven y ejecutan los pasos de bailes provocados por las notas más fuertes de los timbales; obviamente refiriéndome a los bailarines de las comparsas, no así a las reinas que tienen que lucir impecables entre plumas y lentejuelas arriba de una carroza.



Muchos de los bailarines caminan descalzos sobre el caliente asfalto, otros, principalmente las chicas, deben mantener el paso con las botas de 10 ó 13 centímetros de tacón, todo con el fin de mostrar los espectaculares trajes de fantasía, diseñados por jóvenes talentosos que ya han iniciado una carrera entorno a la elaboración de estas piezas escarchadas y cargadas de exóticas plumas.

La tarea de ordenar a los integrantes de las comparsas es de un director artístico general, quien luego se coordina con cada director de comparsa, para definir la posición en la cual van a desfilar. Todo los directores de comparsas luchan por estar entre los primeros lugares, para aprovechar los aplausos del público asistente que generalmente oscilan entre 100 a 150 mil personas.


Una vez que se da la salida de las comparsas el show inicia. Primero avanzan las unidades de los bomberos con sus luces y sirenas, la Policía Nacional y Los cadetes de la Compañía del Centro Superior de Estudios Militares les acompaña, esto como una forma de generar expectativa y hacer voltear las miradas de todos los visitantes.


Luego los redobles de tambores, timbales y trompetas se escuchan a lo lejos. Poco a poco las siluetas de mujeres jóvenes con piernas sólidas se ven llegar, también los cuerpos sudados de los bailarines y músicos, algunos semi-desnudos, haciendo alarde de sus músculos desarrollados por las cientos de horas dedicadas a la ejecución del mismo.

Y de pronto sus rostros se transforman, aquella sensación de cansancio y tedio, desaparece al contacto de los reflectores y los aplausos de los invitados especiales que, desde una tarima observan y se deleitan con las pericias de sus bailes.

Todo es magia en ese momento, serpentinas, gritos de ¡Viva el Carnaval! comienzan a escucharse y las sonrisas tipo "colgate", suelen ser comunes al quedar congelados ante un pase de baile que quizás le valga punto ante el jurado calificador.


Muchos se tiran al suelo, áspero, rugoso y húmedo, pero no importa, son artistas, vinieron para eso, para dejar los pedazos de tacón, el montón de plumas, las coloridas escarchas, amanecer sin voz, con dolor en el cuerpo, por que sólo tienen dos minutos para demostrar que son los mejores; demostrar que les gusta lo que hacen, que valió la pena tanto esfuerzo, que son jóvenes y tienen las habilidades, demostrar que muy adentro de ellos existe una fuerza llamada dignidad.

Sí, dignidad por decir "miren este soy yo", quizás un orgulloso mestizo de Masaya aguerrido, valiente, humilde y solidario; quizás un timbalero, talentoso y orgulloso de su arte; quizás una bailarina guapa, coreógrafa y atleta; quizás un estudiante inteligente y creativo; quizás con opciones sexuales diferentes, pero honesto y transparente con tus sentimientos.


Y así el público asistente aplaude y en loquese en medio de tanta embriaguez y libertades, con aquel show cargado de impetú juvenil. Sólo el público presente, el que está cerca del asfalto se da cuenta del esfuerzo que hacen los bailarines por seguir en pie; porque luego de darlo todo, la sangre hierve hasta 40 grados, incluso es tanto el esfuerzo que algunos hasta caen desmayados por agotamiento físico.

Otras expresiones como aquellas muy propias de los pueblos y ciudades, se dan cita como el baile de la Gigantona de León. A esos hombres y mujeres que cargan esas pesadas estructuras, también viven lo mismo, caminan cargando las muñecas de madera, para luego presentarse ante un público que también tiene raíces leonesa y celebra junto con ellos su presencia en ese escenario carnavalesco.

Muchos de los asistentes entre el público, son familiares y amigos de los bailarines de las comparsas, llegan para ver bailar a su vecinos, amigos, su sobrino, su hija o sus madres. Sí, porque aquí hasta las señoras bailan, como es el caso de Bluefields de la Región Autónoma del Atlántico Sur de Nicaragua. Señoras de 60, 70 y hasta 80 años de edad, gozan su participación, desfilan con gran orgullo, como una muestra de su fuerza cultural.


Definitivamente nuestro carnaval no es parecido al de Brazil, ni creo que lo llegue hacer, de hecho estoy segura que no fue concebido bajo esa idea, pues lo nuestro es un carnaval que reúne lo mejor de nuestra cultura, es una pasarela nacional donde tienen cabida todas las expresiones artísticas, donde el pasado de las tradiciones y la modernidad del presente se funden en una sólo tarde de verano.

Esta nota la escribo por aquellos artistas que aún hoy celebran que están vivos para reproducir sus conocimientos a otras generaciones, por aquellos que desean aportar a nuestra sociedad y es valido hacerlo bajo todos los escenarios posibles, porque afortunadamente tenemos la cultura para demostrar que los nicaragüenses somos buenos, que tenemos talento y que podemos ser los mejores, y que nos basta dos minutos para hacerlo.
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